Ezequiel Romero

La riqueza etérea

Era un invierno bastante despiadado como para pasar el día en las calles. Sin embargo, ni la amenaza de la nieve, ni la certeza de una pulmonía resultaron suficientes para mantener a Damián precariamente resguardado en su hogar. Y es que para él, al igual que para cientos de súbditos, este era el día para enviar las pocas monedas que lograron juntar, a sus seres queridos que se aventuraron por desesperación o esperanza a tierras lejanas. La fila era interminable, y requería paciencia de mismas longitudes. Paciencia que Damián no carecía, suspirando ansioso mientras resguardaba sus manos en su abrigo aferrando un pequeño saco de monedas que daría pena a un ladrón. El frío no era ideal, pero menos era la cantidad en su interior, y aún peor el tener que compartir su miseria con el recolector de la corona. Pero todo empalidece con despedirse de hija y de su esposa, y verla volver al sur con sus padres. Esa herida aún sangraba.
-Siguiente!"
El grito del recolector lo sacó de sus pensamientos, y lo trajo de un tirón a la realidad. Luego de 6 horas, por fin era su turno, pero la mirada derrotada con la que retornaba el viejito que tenía adelante, la hacía una alegría amenazante. Con un gruñido y un movimiento de lanza, el guardia le indicó que se introdujera en la ostentosa tienda del recolector. En su interior, un hombre que era más bigote que humano, lo miraba fastidiado mientras tironeaba de los volados de su chaqueta monárquica. Detrás de él dos guardias que parecían montañas se encontraban firmes pero ligeramente encorvados.
-Nombre y casta?-Recitó desganado
-Damián. Ríos.-Respondió Damián nervioso.
-Oficio?
-Pintor. Aunque también realizo trabajos de...
-Desempleado- Interrumpe el recolector burlón.-Trámite?
-Envío de bienes-Declara Damián sacando el pequeño saco de monedas y depositándolo en la mesa.
- Para Julia Ríos, en Monte Viejo, es un pueblito a las afueras de...
-Esto es el sur?
- Interrumpe nuevamente el recolector abriendo el saco de monedas y contando rápidamente -Sí, sé que son unos días de viaje, pero...
-El viaje es lo de menos. Todo envío de dinero al sur debe incluir el impuesto a la transferencia de riqueza, la tasa de recolección y procesamiento, sin contar la declaración de riquezas y el tributo complementario a su excelencia, lo cual dejaría su envío de veinte monedas en...seis y un décimo
-Qué!?- Exclamó Damián poniéndose de pie desesperado, mientras los guardias aferraban sus lanzas amenazadoramente. -Se lo ruego, es dinero para los medicamentos de mi hija. Tiene que llegarle entero, le juro que mañana mismo estaré acá con lo que falte, aunque tenga vaciar mi casa, pero...-
-Yo no hago las reglas, solo las ejecuto -Lo interrumpe por última vez el recolector, moviendo a un costado el saco de monedas. -Ya perdí suficiente tiempo. Siguiente! Damián intentó decir algo, pero la impotencia lo enmudecía. Nunca fue bueno para expresarse en ese tipo de situaciones, en las cuales es difícil encontrar el camino adecuado para resolver problemas. Pero sí tenía experiencia en tomar decisiones impulsivas y estúpidas, como manotear su dinero de la mesa, y salir corriendo torpe y desaforadamente de la tienda, sin olvidar tropezar con la silla para sumar estilo. En un abrir y cerrar de ojos se encontraba atravesando la calle repleta de gente que claramente se replantearía continuar la fila, mientras los guardias lo perseguían gritando a pocos metros de distancia. La adrenalina invadía su corazón, mientras esquivaba gente y se desviaba hacia un camino en bajada que bordeaba el bosque. El plan no era claro, pero definitivamente no incluía es esquivar un carro salido de la mismísima al girar la esquina, ni tampoco patinar en el suelo húmedo de la ligera nevada, ni mucho menos caer a los tumbos por esa maldita pendiente embarrada que descendía al bosque. El barro frío y húmedo contra su rostro lo reanimaron, lo suficiente para escuchar las risas de los guardias que claramente no pensaban tomarse la molestia de imitar el descenso. Lentamente se puso de pié, mirando alrededor confundido, para luego soltar un grito desgarrador, al ver su saquito de monedas flotando en la orilla de un pequeño claro a metros de distancia.
-No me puede estar pasando- Suspiraba desesperado, empapado hasta sus testículos en agua helada, intentando rescatar monedas aún visibles. -Infelices. Cerdos con lanzas hijos de…
-Cada día son más crueles, no?- Coincidió la voz de una mujer a sus espaldas. Damián se dió vuelta aterrado hacia la espía, una mujer alta y encapuchada en gruesa túnica blanca. Asintió temblando, saliendo derrotado del agua, pero agradeciendo en silencio que sus pantalones ya estuvieran mojados.
-Son así. Para vos, un momento traumático, injusto, peligroso. Para ellos un jueves
-Comentó mientras caminaba cuidadosamente hacia la orilla. Luego levantó su mano, cerró los ojos, y unos círculos comenzaron a brillar en la orilla. Lentamente se elevaron hacia la superficie y la atravesaron. Damián observó boquiabierto e incrédulo como sus monedas levitaron translúcidas y etéreas hacia su lado, cobrando solidez delante de sus nariz y cayendo a sus pies.
-No puede ser. Cómo…?-Comenzó a preguntar Damián recogiendo las monedas e inspeccionándolas detenidamente
- No puede ser -Y sin embargo, lo es-Respondió la mujer sonriente, señalando la mano de Damián
- El oro es tan burdo, pesado, codiciado…cuando tan sólo es un metal más. Es tan sólo cuestión de separar lo que representa…la idea
En un fracción de segundo, una de las monedas atraviesa fantasmagóricamente la mano de Damián, para volver a cobrar forma al tocar el suelo. La mujer suelta una risita ante su expresión de desconcierto.
-Seguime La mujer comenzó a alejarse mientras Damián la miraba temblando pensativo. Claramente estaba en presencia de una bruja. Hechicera, ilusionista, chamana, hija no reconocida de Dios, poco importaba. Quizás lo veía como un alma necesitada, quizás como un ingrediente para el caldero, pero estaba desesperado.
-Venís? Creí que tu familia necesitaba ayuda
Y esas fueron las palabras mágicas. Damián comenzó a seguirla durante varios minutos, en los cuales barajó un centenar y medio de explicaciones para lo que acababa de ver. Cuando reunió el coraje de preguntarle quién era y cómo había desafiado las leyes de la naturaleza, la mujer se tornó hacia él como si estuviera leyendo un libro.
-Mi nombre es Eliana. No te molestes en preguntar por mi casta, abandoné hace tiempo esas ataduras. Y lo que me viste hacer no fue magia, sólo trasladé lo que más te importaba a otro eslabón en la cadena-
-¿Qué cadena?
-La que nos une a todos- Contestó riendo - No te esfuerces en entenderlo ahora, lleva su tiempo aceptar que el “acá”, el “qué” y el “cómo”, depende quien lo interprete -Y cómo puede entender eso ayudar a mi familia? Adonde vamos?
-A un lugar en el que encontrarás tus respuestas. Por el momento tendrás que entrenar la paciencia. Y el silencio es el mejor maestro.
Los minutos comenzaron a disfrazarse de horas y Damián hizo las paces con su situación. Estaba siguiendo a una bruja en el medio del bosque, no había vuelta que darle. El camino comenzó a abrirse hasta llegar a una explanada, en la cual una cabaña de nogal imponente se ocultaba a un costado entre la espesura.
-Aguardame. Y no tengas miedo. Hoy desayune bastante-Lo tranquilizó Eliana con un guiño, mientras se alejaba hacia una imponente puerta maciza y la golpea tres veces.
-Entender es poder- Anuncia una voz grave y serena desde el interior -Y el poder es de todos- Responde Eliana.
La puerta se abre lentamente, y ella le hace un gesto a Damián antes de desaparecer en su interior. Luego de unos segundos de duda, en los cuales su sentido perdió un duelo violento con su desesperación, Damián atraviesa la puerta.
Incrédulo observó cómo Eliana se encontraba iluminándose con una vela ya a varios metros de distancia, atravesando un oscuro pasillo que desafiaba las proporciones del lugar en el que se encontraban. Al llegar al final del pasillo, Eliana alumbra un telón y lo abre lentamente, aguardando a que Damián lo atraviese, quien accede desconfiadamente. -Esto no tiene sentido- Susurró mirando a su alrededor.
Y es que ese inmenso salón de mármol blanco, completamente iluminado y adornado de suficientes espejos para reflejar a un regimiento, no tenía razón de ser. En el centro del salón, y alrededor de una hermosa mesa redonda, lo observan ocho figuras encapuchadas con máscaras de teatro, todas evocando a un zorro. Eliana se acerca a la figura más pequeña, que a juzgar por la arrugada mano que le extendió su máscara, no era más que una ancianita. -¿Quiénes son?- Preguntó Damián, recobrando el pánico y la sensatez- Donde estoy? -Somos vos- Contestó Eliana, ahora vistiendo su máscara- O lo fuimos en algún momento, hasta que alguien decidió mostrarnos un camino diferente. Y estás en un lugar a salvo. Lejos del rey y sus guardias. Lejos de sus leyes, de su opresión, de su codicia y de su crueldad. Estás en otro eslabón de la cadena.
Eliana hace un gesto a uno de sus compañeros, que se levanta hacia una de las paredes, toma un espejo mediano, y retorna para entregárselo a Eliana.
-Estás acá para aprender a atravesarlos- Afirma Eliana posicionando el espejo en sus manos- Y llegar a quienes dejaste ir. Cerrá los ojos.
Damián observó sus ojos verdes a través de la máscara, y sus dudas comenzaron a desvanecerse, junto con el resto de la habitación.
-Ahora imagina a tu familia. No las pienses, visualizalas. ¿Dónde están ahora?, ¿Que están haciendo? Ignora las distancias y los detalles, sentilas ocupando un lugar.- Comenzó a guiarlo Eliana- Muy bien. Abrí los ojos.
La visión de Damián se nubló por las lágrimas. Del otro lado del espejo que tenía en sus manos, casi como una ventana atravesando cientos de kilómetros, se encontraba Julia, su esposa, en una pequeña habitación, acariciando de la cara de Luna, su hija, que dormía en un camita con un paño frío en la cabeza.
-Mi vida…-Exclamó Damián con la voz quebrada y acariciando el espejo, como si pudiera llegar hacia ellas
-Excelente. No te desconcentres. Ahora pone tu riqueza sobre el espejo- Indicó Eliana. Damián volcó el contenido de su bolsita en el espejo, con manos temblorosas, que fueron agarradas por Eliana y depositadas con suavidad sobre las monedas.
-Ahora focalizate en atravesar la cadena. Olvidate del espejo. Olvidate del dinero. No son nada más que símbolos. De tu amor hacia ellas. De tu sacrificio. De lo que vos valoras. La riqueza es etérea, a pesar de cobrar forma física. ¿Lo sentís?
El frío de las monedas comenzó a menguar gradualmente, hasta convertirse en calor en la yema de sus dedos. Sentía su forma desfigurarse, desvanecerse lentamente. De repente escuchó tintineos, y un grito ahogado de Julia, como cuando la sorprendía leyendo en su reposera. A través del espejo la vio levantarse y mirar hacia él pero sin verlo, intentando comprender lo que estaba sucediendo. Luna despertó adormilada, mirando alrededor confundida. Damián las miraba con un nudo en la garganta y el corazón desbocado. -Papá?- Preguntó Luna suavemente.
Damián contuvo un llanto y acercó su mano al espejo, pero antes de tocarlo se encontró nuevamente con su rostro lloroso devolviendo la mirada.
-Me temo que sos un poco grande para entrar en ese espejo- Comentó Eliana, mirándolo con ternura.
-Gracias…-musitó Damián limpiando sus ojos- Todavía no entiendo cómo es esto posible, ni siquiera dónde estamos, ni si estoy soñando. Pero te debo todo, Eliana. Si no me hubieras encontrado hoy…
-Pero te encontré. Y te encontré, porque te busqué. Es fácil reconocer a quienes verdaderamente necesitan ayuda. No siempre van a estar empapados con el agua hasta las rodillas. A veces con tan solo mirar, extender una mano, y confiar en que se repita. Los ojos de Eliana lo miraron inquisitivos y sonrientes desde el interior de su máscara. Y por primera vez en mucho tiempo, la mirada de Damián respondió la sonrisa, asintiendo lentamente. Luego de unas semanas igualmente gélidas, el invierno comenzó su despedida, y las calles se encontraban nuevamente repletas, tanto de niños jugando sin bufandas, como la larga fila del recolector, cuyas demoras y abusos eran independientes del clima. Caminando cabizbajo y abatido, volvía un joven limpiando la sangre de su labio partido, sin dudas un correctivo despiadado de alguno de los guardias al encontrar algún tipo de objeción a las demandas del recolector. El joven se deja caer sentado en una esquina, y estalla en llanto ocultando su cara entre sus manos.
-Cada día son más crueles, no?
El joven levanta su mirada sorprendido, limpiando sus lágrimas. Damián lo mira sonriente, y le extiende su mano a través de su túnica blanca.