Gustavo Courault

Peta Dyson

Edward Namm llegó agitado al escritorio y encendió una por una todas las pantallas. Quería controlar hasta el último detalle de la operación. Se acomodó el escaso cabello y entrecerró los ojos para acomodar sus nuevos cristalinos hechos con nanotecnología, su recién adquirido tercer par. “Cada vez los hacen mejores”, pensó.
Alice Mary, su secretaria, lo miraba a lo lejos. No quería estar cerca de él en esos momentos, podía ser muy irascible. Cerró la puerta de su pequeño despacho y desapareció. Edward sonrió con su sonrisa de dientes grandes. Iba a ser dueño de una nanomillonésima de Bitcoin, una fortuna incalculable, casi duplicaría la suya actual si tuviera éxito. El fracaso significaría su ruina.
Le habían dicho que era imposible, una palabra que odiaba con toda su alma. Nada para él es imposible, lo había demostrado con el imperio que construyó en base a dar a sus varias veces centenarios pacientes una dentadura perfecta. Pero pronto se dio cuenta que lo suyo eran los negocios inmobiliarios a gran escala, eso lo había hecho extremadamente rico y una vez que alcanzó el nivel de poder comprar su primer asteroide de metales preciosos, ya no tuvo límite.
La tecnología ansible le había permitido ser el postdentista más famoso de la galaxia. Su clínica cubría un planeta del tamaño de la luna Titán en una estrella cercana a Alfa Centauri. Se había alejado de su profesión, ahora la clínica era administrada por sus muchos descendientes y asociados y obtenía una gran ganancia de los dividendos que le daba el alquiler de las instalaciones y las patentes que había desarrollado.
Si lograba minar esa nanomillonésima de bitcoin estaba decidido a dar el paso y suplantar su cuerpo por uno biomecánico con la novedosa pero carísima operación de trasplante de cerebro, cerebelo y médula espinal. A sus 280 años de vida iba a poder tener un cuerpo que le iba a durar más allá de toda previsión y por supuesto acceder al vacante puesto de Regidor Máximo, reservado sólo a los mayores plutócratas, ese pequeñísimo grupo que por fin controlaba como era debido el rumbo de la humanidad hacia las ganancias siempre crecientes.
No sólo había que ser inmensamente rico para entrar como Regidor, además había que haber provocado un evento dramático y eso estaba garantizado por su Peta Dyson. Miró el gabinete negro mate, que estaba a su derecha con algunas luces indicadoras que parpadeaban y le dio unas palmadas.
—Ruthie, si todo sale bien te voy a poder transferir a un cuerpo y poder estar juntos de nuevo, para siempre —se secó las lágrimas de los ojos con el puño de la camisa y miró hacia afuera. Las estrellas siempre le parecieron tan frías.
Ruthie había sido copiada a una memoria híbrida apenas rescataron su cuerpo del espantoso accidente. A pesar de su prudencia y de todas las precauciones, cuando se acercaba a la velocidad de escape en Ganímedes y antes de que pudiera operar el ansible, su nave fue golpeada por un meteorito. Las patrullas de rescate llegaron justo antes de que su cerebro muriera.
La estación Ruthie 987, nombrada así en honor a su esposa preservada, se movía con facilidad por el espacio vacío a pesar de ser casi tan grande como la Luna. Giraba sobre sí misma para dar gravedad a sus casi 50.000 tripulantes que habitaban el interior del artefacto. No entremos en detalle de toda la ingeniería que exigía ese planetoide artificial para el sustento vital. En los polos inmóviles estaba la maquinaria que sostenía un panel construído con material planetario, meteoritos, cometas y asteroides obtenidos de la Gran Nube de Magallanes. El panel reticulado medía alrededor de 1 día-luz de lado: la última pieza de la esfera de Dyson más enorme jamás construída y que iba a encerrar el núcleo de la galaxia Andrómeda y absorber mucha de su energía térmica y gravitacional. A Edward Namm le llevó 50 años la construcción de la esfera de Dyson a la que todos llamaban Peta Dyson. Como la nave Ruthie 987 hubo varias miles más, pero ésta, manejada por él mismo, iba a poner el bloque final y por fin aprovechar al máximo toda la energía. La enorme cantidad de calor y gravedad era para alimentar al super minero de criptomoneda de escala planetaria capaz de calcular en dos años de trabajo el nanomillonésimo de bitcoin, quizás lo último que se pudiera minar en tamaña cantidad en tan poco tiempo.
La esfera de Dyson era reticular, no estaba completamente cerrada, sino que cubría alrededor de un quince por ciento de la superficie del total y tampoco era una esfera, tenía deformaciones producto del cálculo preciso entre la gravedad desigual y la fuerza centrífuga de la retícula que giraba majestuosamente.
Colocar ese elemento era sólo un detalle, el monstruo ya estaba generando energía, pero el afán perfeccionista de Edward Namm hacía que el panel tenía que ser puesto donde correspondía en una bella simetría que lo hacía sentir un pequeño dios. —Doctor Namm, está todo listo para encender a la esfera en su totalidad —la voz de Alice Marie lo sorprendió en sus cavilaciones. Apareció a su lado como por arte de magia, como lo hacía siempre. —Un momento Alice Marie —Edward dejó que la inmensa grúa soltara con suavidad la última placa y suspiró. Contempló ensimismado la obra de su genio y bajó los interruptores, uno a uno y el super minero comenzó a calcular a la máxima potencia. —Anote esta fecha, publique en todos los medios esta hazaña Alice Marie —la voz de Edwuard Namm temblaba, exultante.
Se sentó desmañado y dejó que la tensión abandonara su cuerpo.
—Por favor, traiga el whisky, celebremos.
Alice Marie sabía a qué whisky se refería. Aquella botella reservada para este momento, comprada hacía décadas y que ahora tenía un valor incalculable. En silencio y con presteza se sirvieron y brindaron.
Edward sintió cansancio de días, se frotó los ojos con los dedos, le sonrió a Alice Marie y se encaminó a sus habitaciones.
Tardó en dormirse, imaginó tirado boca arriba y las manos bajo la nuca las medidas que tomaría como Regidor Vocal y los pasos que seguiría para ser el presidente. Por fin se durmió y soñó. Soñó con Ruthie, soñó con una nueva y más agresiva expansión de sus negocios.
Un sonido grave lo sobresaltó. Encendió la luz y abrió a duras penas los ojos.
Un extraño temblor sacudía la estancia. Creyó que aún soñaba.
Se puso de pie. Algo retumbaba en su pecho, apenas se podía distinguir el sonido, muy grave.
Se vistió y aún con una profunda modorra fue al centro de control.
—Leander, qué pasa —dijo mientras se acomodaba.
—No lo sabemos, todo está colapsando —la voz de Leander, el jefe de ingenieros, denotaba el terror que le tenía a su jefe.
Edward golpeó la mesa con furia.
—Estos imbéciles hacen todo mal, ¿no Ruthie? —dijo sin disimular la cólera.
Orientó los visores hacia la esfera que era recorrida como ondas gravitacionales que la hacían totalmente inestable. El mega minero ya no podía obtener energía de la Peta Dyson.
—¡Estabilícenla ya! —gritó y veía como en el espacio profundo cada delicado encastre de la esfera se colapsaba y las inmensas placas iniciaban un viaje hacia el centró de Andrómeda. Su corazón aún humano dio un vuelco al ver toda la estructura acribillada por los residuos espaciales que habían quedado flotando alrededor de la construcción, Movió los controles de Ruthie 987 para hacer él mismo lo que esos idiotas no eran capaces de hacer. La nave comenzó a moverse hacia la misma dirección que las placas de la esfera, hacia el centro de Andrómeda a pesar de todas sus contramedidas. Midió con calma todos los parámetros para tomar un curso de acción. Lo repitió. La fuerza de gravedad o curvatura del espacio tiempo aumentaba.
No había dudas, por alguna razón, quizás por la misma construcción de la Peta Dyson se había perturbado esa delicada región de la galaxia y ahora ya era tarde. Sagitario B, el agujero negro del centro de Andrómeda los arrastraba a su horizonte de sucesos, sin remedio.
—¡No! —gritó con toda la furia de la que era capaz y se quedó mirando el gabinete que guardaba la mente ¿el alma? de Ruthie.
La gigantesca estructura gemía al fragor de la fuerza de gravedad que tiraba hacia la muerte por aplastamiento o la transformación de un fideo cuántico o lo que sea: jamás nadie había podido ir más allá del borde al que él se acercaba peligrosamente. Podía ganar un poco de tiempo tratando de orbitar el monstruo, al menos para poder pensar. Desprendió las enormes grúas de los polos, orientó la nave y encendió los motores a plena capacidad. Edward sabía que iba a ganar a lo sumo unos minutos y que si no moría tragado por Sagitario B iba a morir él y todos los tripulantes por el inmensa G de la aceleración de los cohetes de energía oscura. Se conectó con el super minero, tenía a su disposición tanta capacidad de cálculo como la que existió antes en toda la galaxia.
Suspiró hondo y lanzó el cálculo de la única trayectoria posible para librarse de la muerte. —Todavía no, Ruthie, todavía no —con el ceño fruncido y al límite del desmayo pudo ingresar el comando en la consola.
La computadora de abordo conectada con el super minero llevó a Ruthie 978 al límite de su capacidad estructural al acercarse a la posible velocidad de escape..
Rezó contrito aplastado contra su sillón, amarrado con el cinturón de seguridad. —Ruthie, debemos salvarnos —dijo en un susurro, cerró los ojos y con esfuerzo abrió las esclusas de la esfera. No quiso mirar ni a los muebles, ni a las máquinas ni a los decenas de miles de tripulantes que salieron disparados hacia el vacío. Con menos masa, Ruthie 987 aceleró pero eso no estaba en los cálculos iniciales de la trayectoria y luego de una brutal sacudida volvió al espiral descendente hacia Sagitario B.
Edward no pudo moverse más, la aceleración no lo dejaba respirar, miró a la caja con Ruthie una vez más y esperó el abrazo mortal del monstruo.