Javier Mateos

El viaje

El último bombardeo se llevó conmigo el último enlace, digamos físico. Parece ser que muchos de estos ataques tienen su fundamento principal en amedrentar a la población civil pero cuando la acción carece de objetivos militares concretos, muchas veces termina siendo contraproducente ya que el pueblo tiende a endurecer su voluntad. Así me lo dijo el soldado del rondín matutino. Claramente, no fue mi caso.
No tardé mucho en darme cuenta de la situación: los lutos se presentan antes de que te golpeen la puerta. Quizá creí en mi insensibilidad moral pero luego me di cuenta que sí me importaba la comunidad, que mi estadía en el metaverso era propio de los tiempos actuales y al mismo tiempo me permitían empatizar. Las sensaciones existían, mis amigos aún virtuales existían. Lo virtual no es irreal, solo depende de intermediarios tecnológicos.
Ayer fue el último bombardeo. Hoy quizá haya otro pero prefiero pensar que fue el último. Llegué a decirle a algunos partners que se vayan, incluso a varios avatars random. Aún así parece que hay un dejo de esperanza de que algo cambie. Prefiero pensar en una frase que no sé quien dijo sobre que todo cambia para que nada cambie. Yo le agregaría que hay cosas que sí cambian si uno se sumerge… y esas son las relaciones de poder. Hoy me siento empoderado, fuertemente empoderado. Una guerra no me limita en mis decisiones personales, la ética es mía y la moral heredada es transformada en un pestañeo por la tecnología que ya acribilló incluso a la política.
Miré lo que ya había empaquetado. Hoy vinieron cinco compradores a la mañana y se llevaron casi todo. Demasiado rápido, entiendo que el precio fue el equivocado, pero ahora no hay mucho por hacer. Tenía un cuadro que me regaló un artista local, hoy diría bastante famoso, que no se si está vivo. Decidí tomarle la mejor foto posible y lo subí como NFT. La mochila estaba repleta y puse algunas cositas más en un bolso de mano que considero bastante grande para un viaje ligero. Salí de mi casa y le golpeé la puerta a mi vecino con el cual compartía todos los saludos matinales -algunos nocturnos- y de vez en cuando algún resumen conversacional. Sabía que iba a estar disponible, con lo de la guerra se terminó de afianzar en el home office.
-¿Un café?
-Ehh… ¿me esperás diez minutos?
-Perfecto. Si te parece bien, preparo todo acá en el parque.
Su cara fue de sorpresa total, creo que es la primera vez que lo invoco. Más allá que el vocablo invocar suene muy gamer creo que encastró perfectamente en el objetivo final. Porque invocar es llamar a alguien que nunca está para que aparezca mágicamente y comparta con uno lo que brinde la oportunidad. Y eso fue lo que sucedió.
Salió al instante, nunca pasaron esos diez minutos que creí literales y se acercó. Dejé la cafetera en el césped que estaba lo suficientemente nivelado para aguantar el equilibrio mientras mi vecino se acomodaba en la silla improvisada que le dejé. Una vez acomodados me dispuse a arrancar la charla.
-Me voy.
-Ya sé, me querés dejar el perro, ¿no? (sonrisas de ambos). -El perro no es
mío. Lo trae la chica con la que salgo de vez en cuando.
-Pero lo vi bastante seguido. Incluso te iba a golpear la puerta el otro día ya que de noche ladra demasiado.
-Fue casual. El perro se encariñó conmigo bastante y las últimas veces lo vi más a él que a ella. Es bastante libre digamos…
-¿Seguro que no querés que me quede con el perro? (sonrisas irónicas)
-Ja ja. Preguntále a ella si ves que pasa por acá en todo caso. Ja ja… La verdad es que quería hablar con alguien antes de viajar. Se que no tuvimos mucho trato, bastante normal en esta época donde los vecinos somos solo seres próximos geográficamente hablando. Pero tengo un incipiente deseo que intenté deslizar en mis grupos de chat, sean de juegos o redes sociales.
-¿Qué deseo?
-El deseo de ayudar desde donde puedo. Yo vivo inmerso la mayor parte de mi
tiempo libre en lo virtual, en todas sus capas. Ahí siento y vivo. Y estoy bien, me gusta, lo disfruto. Quizá otras personas no sientan lo mismo y estén solo bajo el esquema de un piloto automático. Me muevo como un pez en un mundo que me brinda infinitas oportunidades, tantas como pueda o quiera crear. Hay limitaciones por supuesto, pero parecen ser superadas en poco tiempo…
-(interrumpe) Pareciera que me querés ayudar a mi…
-No se si es así de particular. Ya te dije que me voy. Lo que me ataba ya no está más. Todas las mañanas cuando salía a trabajar, veía en el camino el edificio donde viví de chico. Era un símbolo físico, real, palpable. Ese edificio fue destrozado por un misil crucero. Así de fácil desapareció. Pude haber hecho algo, ni siquiera tengo fotos y eso que uso el celular todo el día. Pero me perdí la posibilidad de darle vida en el metaverso y con ello poder atraer todos los recuerdos que me envolvían. ¿Qué diferencia habría entre uno y otro? Ambos cumplirían su misión en mi vida que es recordar mi infancia.
-Lo siento por lo del edificio. A mi me pasó, desde otro lugar, el día que fui a la zona oeste y vi escombros de escombros. Sentí que era como mi pasado: miro y no hay suelo ni paredes. Creo que estoy demasiado nostálgico, la guerra claramente afecta a todos los niveles.
Suspira. Hay un silencio pequeño y vuelve al diálogo.
-Sigo sin entender lo de la ayuda.
-Te cuento brevemente. Me voy…
-(interrumpe nuevamente) Si, jaja, ya lo se.
-Me voy… así de fácil.
-¿Pero qué me querés decir? Cada uno toma la decisión que toma. Te importan más o menos las cosas, más o menos los lugares…
-El punto está en lo fácil. Hoy vendí todo, ayer se me prendió la lamparita. Era
solo hacer eso. Después tengo muchas cosas, incluso laborales, en la nube. -¿Y?
-Mi patrimonio hoy está en una billetera virtual cripto. Y la billetera virtual no la cargo conmigo, por lo menos no físicamente.
-No entiendo de esas cosas
-Hoy estoy acá pero mi patrimonio está donde quiero que esté. Mis cosas están donde quiero que estén. Mi dinero está donde quiero que esté. Solo debo trasladarme yo, físicamente. Solo eso. Mi vida hace rato es una second life en su mayor parte. La guerra no me limita en mi decisión. Pensá un segundo lo que hubieran dado otras personas que pasaron por esto y querían irse. Insisto con lo de “querían”. Hoy podían haberlo hecho sin pedir permiso a nadie, sin correr riesgos de traslado físico de muchas de sus pertenencias y de su riqueza, la que fuere. Simplemente se llevarían un dato de acceso.
-¿Pero esa billetera virtual te sirve en otros países?
- Es parte de un sistema diferente al convencional. Solo necesito conocer cómo acceder, solo eso. Y puedo abrir mi patrimonio, mis fondos, mis recuerdos… -Yo no me quiero ir. Así que no sé en qué me querías ayudar.
-En que lo pienses el día que tu cabeza o tu corazón quiera irse, o ambos. Ahora te dejo una herramienta para tu libertad de elección. ¿Entendés? Quizá nunca te vayas pero si un día decidís hacerlo, ahora sabés que puede ser más sencillo de lo que parece. Nadie te detiene, no hay poder sobre vos.
-(se para) Gracias. Insisto, no entiendo de estas cosas. Igual no me voy a ir.
-Me doy cuenta que es así. Pero quizá le sirva a otros que sí quieran hacerlo como yo y no se den cuenta de la posibilidad que tienen. Entender que los frena un obstáculo mental y ese obstáculo puede ser removido. Que las relaciones de poder cambian con esta nueva tecnología descentralizada.
-Rico el café (sonrisas). Espero que te vaya bien, de verdad. Quiero que entiendas que no estoy cortando la charla, me tengo que ir en unos minutos a buscar a mi hija.
-¿Qué edad tiene?
-Dieciocho
-Ella te va a ayudar entonces.