Riky Mihura

Vida de Raúl

—Me dijo depositar mil pesos en una cuenta, señor. —Al pibe se le saltaban las lágrimas—. Que al toque me enviaba los bitcoins.
Raúl le calculó no más de trece años. Carita flaca, pálida, rubiecito y con un grano rojo al pie de la nariz. Había caído esa mañana con el padre en el juzgado de turno para denunciar la estafa, y le tocaba a él tomarle la declaración.
—¿Y cómo te los iban a mandar? —le preguntó Raúl, sentado al otro lado de su teatro de operaciones, apoyando los antebrazos sobre la mesa milenaria.
Sesenta años. Cuarenta vegetando en ese juzgado mugriento, y capaz que hoy era el día en que le tocaba escuchar algo nuevo.
El padre del mocoso acercó también su silla destartalada al escritorio. Tenía cara de entender menos que Raúl.
—Con la address —dijo el pibe—. La dirección de mi wallet—. Se la pasé por privado.
Me tendrían que haber llegado las monedas enseguida. Pero nada.
—Las monedas, claro. Ahora, decime: ¿vos le mandás plata a cualquiera que te promete algo por Facebook? —Raúl se echó hacia atrás, y juntó las manos en la panza.
—¡No! —se enojó el pibe—. No era cualquiera. Era Franbit.
—¿Quién? —dijo, estirando la mano para agarrar la birome que había dejado arriba de un expediente.
—¿Quién, Tati? —repitió el padre. Tati miró a uno y a otro, y le respondió a Raúl:
—Franbit. Fran. Es el líder. Pero obvio que no era Fran. Que le robaron el perfil. Se lo copiaron. No tienen que investigarlo a él. Tiene que averiguar quién es el de la cuenta esa. Trece años, el mocoso, y quería dirigir la investigación sumarial. Raúl mordió el capuchón de la birome y le preguntó:
—Qué, ¿vos lo conocés a este Franbit?
—Sí, transaccioné con él mil veces. Por eso me calienta. —El pibe se detuvo un instante y explotó—: Esos hijos de puta nos hacen mucho daño, señor. Daño a la comunidad, nos hacen. El padre abrió grandes los ojos y levantó las cejas, como si no nunca lo hubiera escuchado putear al nene. Después lo miró y le preguntó:
—¿A qué comunidad, Tati?
Tati siguió como si nada, dirigiéndose a Raúl, que se había agachado para levantar del piso la tapita de atrás de la birome.
—Es la comunidad bitcoiner, señor. No somos muchos. Desconfiamos de todos, y del gobierno. Pero entre nosotros, no. Por eso, señor, si ustedes pueden averiguar de quién es la cuenta esa, a quién le mandé el fiat.
¿Y eso? Raúl hizo un mal movimiento, y en lugar de recuperar la tapita pateó la mesa, y una pila de expedientes perdió el equilibrio y se desparramó en el escritorio.
—¿El Fiat? ¿Qué, un auto le mandaste?
—No, no, el dinero fiat. Pesos. Los del Banco Central.
—Ah, claro —dijo Raúl, como si entendiera. Y se quedó callado, mirando el grano rojo en la cara del pibe; la punta del grano, que cambiaba de color hacia el amarillo y que amenazaba con reventar, tarde o temprano, en una asquerosa erupción de pus (si es que los dedos de Tati no lo descuartizaban antes, claro).
—¿Y, no pueden hacer algo? —escuchó la voz del padre.
Raúl abandonó el grano y se encogió de hombros. Era obvio que no. Que esa puerta, la suya, no era la puerta de entrada al mundo del “hacer algo”.
—Mirá, Tati, vos me dejas acá todos los datos, y acá nosotros te abrimos un expediente. La denuncia pasa a Fiscalía, y las medidas las decide el fiscal.
Raúl se puso a tipear con cuatro dedos en las teclas gastadas de la IBM. Escribió más palabrerío leguleyo que datos concretos, releyó en voz alta, mandó a imprimir, y listo. Su trabajo terminaba ahí. Él no era un investigador. Él solamente recibía las denuncias, las redactaba, les ponía número y carátula, cosía con hilo y aguja los papeles, y las dejaba caer en el gran pozo negro del sistema judicial argentino. Un agujero más profundo y oscuro que el de Alicia, pero en el que nunca pasaba nada. Mucho menos iba a pasar con la denuncia de un chico imbécil, que había regalado unos pesos a un desconocido, para comprar algo inexistente: bitcoins. ¿Qué carajo era eso?
Les pasó la birome mordida al padre y al hijo. Firmaron, y les devolvió los DNI. Cuando se fueron, Raúl volvió a apilar los expedientes, y miró el reloj de la pared: Las once, mierda, faltaban más de dos horas para la salida. Igual se levantó y agarró el abrigo: se tomaría un “recreo de fumador”. Había vuelto a fumar cuando se enteró de que eso servía para bajar a la vereda dos veces cada mañana.
—A quince minutos cada vez (que se hacen veinte), te rajás cuarenta minutos por día ―explicaba Raúl a quien quisiera escucharlo―: son más de tres horas por semana. ¡Casi dos jornadas de laburo por mes!
Y serían esas, las que juntaba en los minutos de estar echando humo en la puerta de Tribunales, las jornadas más excitantes de Raúl, porque toda su vida era poco más que una rutina de tedio y soledad. Esposa, hijo, ilusiones, amigos, todo se había ido deshilachando, mientras él se había ido poniendo amarillo, traslúcido, opaco.
Raúl era el aborto y el deshecho de esa familia que le tocó intentar, pero que también se fue al carajo, como todo, y que le dejó el suelducho convertido en la mitad, la que le quedaba después del eterno embargo de alimentos. Él era un departamento sombrío en Palermo, heredado, y era —él era, sobre todo— ese fajito de dólares que guardaba en el placarcito del baño, y que había ido apilando, mes a mes, cien a cien, desde el último fracaso financiero. Fracaso que tanto pudo haber sido el divorcio, el corralito, el default, el entierro de su madre o el arrebato en el subte. Todo lo malo que le habría podido pasar a las finanzas de Raúl, ya le había pasado. Todo eso, que se amontonaba con los recuerdos, y con los platos sucios, con el polvo y los libros viejos de Cortázar y de Sábato, olvidados hacía tiempo en los estantes. Todo lo mismo.
Viernes. En el vaso ancho y retacón se derriten los restos de hielo del tercer Criadores de esa noche, la única bebida que tolera su diabetes.
Raúl mata el tiempo sentado a la computadora, pasando páginas.
De pronto se ilumina, se figura estar golpeando la mesa en una discusión de madrugada en el café La Paz o en el Foro Ghandi, pero en verdad sólo está poniendo un emoticón de indignado en un posteo de Facebook en el que alguien se atreve a ofender la memoria Chávez. Si tan sólo no se hubiera muerto, él y Néstor. La teníamos ahí a la unidad latinoamericana. Y la independencia. —Meados por un elefante, eso estamos. Se rasca la nuca, la coronilla, y cae un pelo blanco en el teclado. Él lo aparta con un soplido, aprovecha a barrer también las partículas de caspa, que no paran de llover sobre las teclas. Los ojos, el pensamiento y hasta la piel se le han ido apagando.
Tal vez fue en Facebook, en Twitter, o en Instragram. Algún retuit, un like o un link, algún azar, algún designio. Algo hizo que apareciera delante de sus ojos ese perfil: Franbit. Franbit.
Le sonó el nombre, y se quedó ahí, clickeando y escroleando. Hizo memoria, y entonces sí, apareció el recuerdo de la denuncia esa que había recibido el otro día en el juzgado. ―Claro, ahí está ―volvió a hablarle a la pantalla.
Franbit, el líder de los mocosos tecnológicos, de los bitcoins. Franbit. Dijo eso y volvió a apagarse. Cabeceó, abrió los ojos y el monitor seguía ahí. Vació de un trago los hielos ya derretidos, pasó por el baño sólo para mear, y se fue a la cama sin sacarse el jogging ni las medias.
A la mañana prendió la computadora para leer el Clarín. Mientras se encendía, volvió a pasar por el baño y, sin lavarse las manos, se preparó un jarro de café negro instantáneo. En el Facebook le volvió a aparecer el perfil de Franbit, y entonces Raúl se dejó llevar. Leyó varias entradas, debates, alguna que otra nota más larga, y se fue tropezando, pero avanzando en un caos de opiniones y discusiones. Quería levantarse, ir a buscar unas Express, una feta de queso, pero algo había ese bitcoin que lo retenía en la pantalla.
Ese sábado no salió a la calle, y al terminar el día había leído ―ya muchas veces― las dos o tres cosas que había que saber sobre el nuevo “oro digital”. No parecía haber mucho más que eso: una tecnología inviolable para enviar registros de una cuenta a la otra. Y mercados, gente, en el mundo, dispuestos a pagar por eso. Y un pasado, no tan lejano, de subas notables de precio. Y también de bajas.
Tal vez podría apostar.
Eso: apostar. Apostar en algo, en cualquier cosa. Y a lo mejor ganar.
Alguna vez. Por primera vez.
Pero jamás sospechó qué se ganaría.
En los días que siguieron anduvo por el famoso grupo de Facebook, y leyó sobre cómo comprar bitcoins. Y cómo comprar sin que lo estafaran como al pibe del grano, que no había sido el único: debía cuidarse.
Un día contactó al tal Franbit, y arregló el encuentro para cerrar la operación en persona: P2P, como decían en la jerga. Quedaron en un bar de Tucumán y Talcahuano, frente a Tribunales. Probaría con unos... mil dólares.
Raúl revolvía y revolvía sin parar una tacita de café, mirando una y otra vez al Blindex de la puerta, que cada vez que se habría dejaba enrar una bocanada de aire helado. En eso apareció un jovencito con campera inflable y una bufanda y guantes de lana naranjas, casi un adolescente, con una Mac en la mano. La llevaba al descuido, sin funda, llena de calcos y grafitis. Como si fuera un cuaderno la llevaba.
El pibe lo miró y se le acercó:
—Sos Raúl. —No fue una pregunta, más bien una afirmación. Y sin pedir permiso, y sin quitarse ni los guantes, ocupó la silla junto a él.
—Hola —dijo Raúl, ahora revolviéndose las manos húmedas y restregándose los dedos―. ¿Fran? El pibe no respondió. Abrió la computadora, le enchufó un dispositivo que Raúl no había visto jamás en su vida, y le preguntó:
—Es tu primera vez, ¿posta? ¿Qué wallet tenés?
Raúl tosió, se rascó la pera, forzó una risa. Fijó los ojos en el monitor, todavía ciego.
Metió la mano en el bolsillo interior del saco, y le mostró el celular a Franbit:
—No sé, pibe, me vas a tener que ayudar. Me bajé esta, mirá. Y anoté las palabras. El pibe le echó un vistazo al teléfono.
—Está bien ―dijo―, está bien esa. Pero escuchame, Raúl —lo miró de frente por primera vez—: cuidá esas doce palabras, porque son tu clave. Tu clave privada, entendés. Si las perdés o te las afanan, fuiste. ¿Está? Fuiste. No los recuperás más a los bitcoins.
Raúl asentía. El pibe tecleó algo en la computadora y siguió, ahora sin mirarlo: —¿Sabés la cantidad de bitcoins que hay por ahí, perdidos? Millones hay. Pilas de boludos que perdieron la clave, o que nunca pensaron que esto iba en serio. Y gente que se murió, y no se la pasó a nadie. —Hizo una pausa, y con tono solemne dijo―: Hasta Satoshi Nakamoto dejó ahí una montaña de bitcoins, y hoy, sin las claves, no los mueve ni Dios.
Conectó la Mac a la señal de su celular, y un cuadrado lleno de cuadraditos llenó la pantalla. Le pidió a Raúl los dólares, y los contó medio a escondidas.
—Escaneá el QR —le ordenó.
Raúl apuntó a los cuadraditos con la cámara, y un saldo de diez bitcoins se leyó instantáneamente como INGRESO en su celular.
Mientras Raúl miraba su teléfono, sintiéndose —ahora sí— el tipo más pelotudo de todo el Poder Judicial de la Nación, Franbit le arrebató el aparato:
—Mirá, este es tu saldo de bitcoins. Con esta wallet es muy fácil. Mirá: tocás acá para enviar. También, acá, le podés poner una clave adicional, para más seguridad. Por si se te pierde el celu, ¿viste? Si querés recibir, tocás acá, y te aparece este código—. Los dedos enguantados de Franbit volaban mucho más rápido que los ojos de Raúl, que se mordía los pellejitos de los dedos y las uñas.
—¿Y funciona? —arriesgó.
—¿Que si funciona? —exclamó el pibe—. Mirá: hace un año que yo no guardo un peso ni un dólar. Toda mi reserva está acá. —Y agarró el dispositivo que minutos antes había enchufado a la computadora—. O, más bien, está allá arriba, en la blockchain. Acá sólo están las claves privadas.
Mil dólares, pensó Raúl. No eran todos sus ahorros. Pero esos mil que le acababa de entregar a este mocoso, le había llevado un año entero juntarlos. Ojalá no estuviera haciendo una estupidez. Otra estupidez más.
—A tus dólares —oyó que decía el pendejo— yo ya los tengo vendidos. No me gusta quedarme con fiat por la noche. Es mejor, es más seguro, cerrar siempre las posiciones en bitcoin. ―Lo miró―. ¿Me seguís?
Franbit cerró la computadora, se guardó el dispositivo en el bolsillo del jean, y se levantó, dejándolo a Raúl con mil dólares menos, y con esa entelequia en su celular: diez bitcoins. ―¡Ah! —dijo Franbit antes de irse, quitándole nuevamente el celuar—. Si querés seguir la cotización del bitcoin, bajate esta app: el Ticker Widget. Te da la cotización de los exchanges internacionales así, en tiempo real.
Y mientras esto decía, directamente le bajó la aplicación al celular de Raúl, y se lo devolvió. —¿Y si quiero venderlos?
—Si querés comprar dólares, decís vos. —El pibe hablaba ahora con aire paternal, pero sin reírse—. Mirá, Raúl: a vos te conviene pensar en bitcoins. El bitcoin es la moneda, es tu moneda. Por eso, vos no vendés bitcoin, vos comprás dólares, o comprás pesos. Y los comprás cuando los necesitás para algo. Todas esas monedas van a valer cero en el futuro. Cero. ―Trazó en el aire un circulito naranja―. Ya vas a ver. Son todas un robo de los gobiernos, y de los bancos centrales. Tan jovencito y tan convencido.
Y tan suficiente que daba envidia.
—Y acordate: no pierdas tus claves, las doce palabras. Te van a servir para acceder a la blockchain y para transaccionar desde cualquier wallet.
Cuando Raúl llegó a su casa, el bitcoin había subido casi un cinco por ciento según la aplicación que le había instalado Franbit. Supuestamente había ganado... ¡cincuenta dólares! Bastante más que el café y que el colectivo de esa tarde. Mucho más.
¿Y el papelito con la clave?
¿Dónde carajo lo había puesto?
Revisó en cada bolsillo, las manos húmedas se le pegaban en la tela del pantalón, le transpiraba la camisa. No podía creer que fuera siempre el mismo idiota.
Y ya iba a resignarse a haber perdido los mil dólares ―¡mil con cincuenta, la puta que lo parió!―, cuando vio el chaleco, que había resbalado detrás del sillón.
Estaba ahí, Dios santo. Estaba.
Agarró el papelito, doce palabras en inglés que no le significaban nada, en absoluto. Buscó dónde guardarlo, y eligió una Biblia de tapas blandas y ajadas. Lo primero que abrió, de pura carambola, fue el evangelio de San Juan; más precisamente en el prólogo: “En el principio era la Palabra”. —Las palabras de Dios —dijo en voz alta.
Y se rio solo.
Nuevamente era viernes, por fin. Cortó algo de queso, un pan, y se entregó a las redes sociales y al whisky.
Lo primero que hizo en la mañana siguiente, al abrir los ojos, fue manotear el celular: por la noche, el precio del bitcoin había bajado; pero en la madrugada volvió a subir otros cinco puntos.
Con los días se descubrió espiando la cotización todo el tiempo. Cada vez que agarraba el teléfono, por el motivo que fuese, aprovechaba para echar un vistazo a esos misteriosos mercados. Los exchanges internacionales, como los había llamado Franbit.
Cada vez que cliqueaba la pantalla, y que el gráfico del Ticker Widget mostraba una suba, la dopamina que irradiaba su sistema nervioso le circulaba hasta las yemas de los dedos, ida y vuelta desde su cerebro anquilosado. Un placer pequeño, íntimo, pero al mismo tiempo enorme.
Y las bajas —que también las había— más que decepción le generaban pánico. Una baja sostenida, de un día o más, le hacía sentirse un tremendo idiota. Un imbécil al que le quitan las tablas del piso: terror al vacío que se abría bajo sus pies. Pero con el tiempo se fue acostumbrando a tolerar las bajas, como un boxeador los golpes, o un soldado las explosiones.
En general, eran más las alzas que las caídas, y así se fue forjando a sí mismo como un luchador. Un luchador perseverante y fuerte. Un luchador victorioso.
En pocos días, sus mil dólares se habían convertido en mil trescientos. Tres meses le hubiera llevado a él juntar trescientos dólares. Pensó que, si hubiera cambiado todos sus ahorros —el fajito entero de diez mil, que era el corazón de su existencia—, ya tendría trece mil. Y habría ganado tres mil dólares.
¡Tres mil dólares!
Tenía que ser un idiota y un miserable, para haber limitado así su primera compra. Pero él qué sabía.
―Vos qué sabías ―le dijo al espejo del baño, y se contuvo para no putearse. Dejó pasar otra semana sin decidirse. Fueron días de pequeñas bajas en el precio, y eso lo hizo verse menos idiota.
Pero volvió a subir.
Cuando el precio del bitcoin arañaba los doscientos dólares —el doble de lo que él había pagado— le explotó la urgencia ir a fondo.
Buscó el paquetito con sus ahorros en el baño y se citó nuevamente con Franbit, pero en otro bar. Aunque ya no hacía frío en Buenos Aires, Raúl había llevado el abrigo para proteger sus dólares. El pibe entró al bar revoleando la Mac en una mano y un iPhone en la otra, despreocupado, con la sonrisa blanca y una camisa naranja: parecía la primera mariposa de esa mañana de primavera. Ni bien se sentó, Raúl le pasó el paquete con los nueve mil y pico de dólares que le quedaban. Todos sus ahorros. Franbit los contó debajo de la mesa. Algunos, humedecidos y con años de guarda, costaba despegarlos:
—Uy cómo están estos billetes, loco. Qué los tenías, ¿en la ducha?
Raúl se puso colorado, pero no le contestó.
Terminada la cuenta, Franbit se fijó la cotización en Ticker Widget, le restó su comisión, puso en la wallet “enviar”, y volvió a aparecer el código QR en la pantalla. Raúl lo escaneó con su celular, y cuarenta y ocho monedas ―criptomonedas― aterrizaron en su cuenta. ―Esto es muy loco, pibe. ―Raúl hundió una medialuna en el café con leche. ―¿Por? ¿Por qué es muy loco?
―Y, vos viste ―dijo Raúl, masticando―. Si hubiera hecho esto mismo la primera vez, ahora tendría cien bitcoins. Veinte lucas verdes tendría.
El pibe se alzó de hombros, mientras se guardaba el dispositivo en el bolsillo. —Es así, Raúl ―dijo―. Ya vas entendiendo. Pero no te asustes cuando baja. Eso es esencial. Si te asustás, vas a hacer cagadas. Y cuidá tu semilla, eh.
Él miró al pibe, pensando que lo estaba jodiendo.
―De qué hablás, nene. No serás raro, vos.
―Tu semilla: tu clave, Raúl.
―Ah. Claro.
Y Raúl, algo más sabio ahora, le entró a otra medialuna.
Y pasaron los días, y el bitcoin siguió subiendo.
Cada vez que miraba la cotización en la pantalla, Raúl multiplicaba ese número por sus casi sesenta bitcoins, respiraba profundo y cerraba los ojos. Era el jugador principiante que recibe una buena mano, y aún no sabe cómo jugarla.
La fortuna de Raúl, fue escalando en dólares: veinte mil, treinta mil, cincuenta mil, ciento veinte mil. Aquel caluroso mediodía de diciembre en que los troskos le tiraban al Congreso con piedras y hasta con morteros, Raúl —fumando en la entrada de Tribunales— multiplicó sus bitcoins por diecisiete mil. Y supo que tenía un millón de dólares.
Un millón de dólares.
¡Un millón de dólares, la puta que lo parió!
Un millón de dólares, y en Argentina. Un empleaducho judicial. Y todo por haber confiado en el bitcoin, por haber puesto sus ahorros en esa montaña rusa. O ruleta rusa. Al llegar, esa tarde, a su casa buscó en la Biblia el papelito con la semilla. Con dificultad, trabándose los dedos, transpirando, puso las palabras en la wallet, y en segundos apareció el saldo. Ahí estaban sus cincuenta y ocho bitcoins, su millón de dólares, su tesoro: en el celular, en su propia mano. Desinstaló la wallet y volvió a guardar las claves.
Y los diarios comenzaron a mencionar el fenómeno. Y Raúl sacó pecho, por primera vez en su vida, y empezó a contarle a su gente ―sus compañeros― todo lo que él sabía del bitcoin. Y su gente se iba enterando de que él tenía de esas cosas. Y lo escuchaban. Lo escuchaban con envidia, con admiración, con curiosidad y con respeto lo escuchaban. Y Raúl vio que eso era bueno.
Porque Raúl Fernández, ese perdedor que nunca había ganado otra cosa que su sueldito, se había vuelto millonario. Estaba sentado en una fortuna infinitamente mayor que la que jamás había soñado en su vida. Con cada punto de suba, él ganaba miles de dólares. Así, como si nada.
Un día de ese verano, el bitcoin tocó los veinte mil dólares. Raúl podía vender diez bitcoins, poner doscientos mil dólares en una cuenta, y seguir teniendo un millón de dólares en la wallet. Pero no. Lo único que no estaba dispuesto a hacer era vender. Ni uno solo, ni una fracción de su tesoro vendería. Porque el bitcoin iba a seguir subiendo. Debía seguir subiendo. Cambiar a dólares hoy para verlos paralizados en una cuenta, o para comprarse algo, significaría perder o achicar su pozo inagotable de ganancias. Para qué. Si igual los dólares no los iba a gastar.
Él estaba ganando, y él quería seguir ganando. Eso era lo único, lo primero que lo había hecho sentir bien. Por eso no cambió nada de su rutina, de su vida pequeña, y de su trabajo en el juzgado polvoriento.
—Vendé, Raúl, ¿cuánta hiciste ya?
—Tomá ganancias, no seas loco.
—Balanceá tu cartera de inversiones.
Cartera de inversiones. Por favor, si todo lo que él había tenido era el fajito de diez mil dólares. Convertido en más de un millón por la pura magia del bitcoin.
—Cómo hacés para seguir laburando en esta pocilga —le preguntó un compañero―, si ya acovachaste un millón de dólares.
—No, no gané un millón de dólares —mintió Raúl.
O, tal vez, realmente no mintió. Porque, lo que es dólares, no tenía ni uno. Sólo tenía bitcoins. Bitcoins, y los mugrientos pesos que le quedaban de la mitad no embargada de su salario. —Pero ya te hiciste un buen canuto, Raúl, ya te salvaste. ¿No te da para comprarte un par de taxis, y ponerlos a laburar para vos? O un quiosco, o cocheras por lo menos. Algo que te dé guita, loco. Algo que te permita vivir a lo bacán.
—No, ¿para qué? De esas cosas te tenés que ocupar. Tenés que pagar impuestos, sueldos. Y pierden valor, se desgastan. Al final no valen nada.
Y un día llegó el invierno en serio, el viento en contra: en pocos meses, la cotización del bitcoin se derrumbó. Quienes habían comprado en la euforia del pico dieron por perdidas sus apuestas. Los que nunca habían comprado, aprovecharon para tomar revancha: —Te lo dije, eso no podía valer. Si no tiene respaldo.
—Explotó la burbuja, era obvio que iba a pasar. Si es un Ponzi.
—La burbuja de los tulipanes.
Raúl aguantaba.
Al poco tiempo, los diarios dejaron de hablar del tema. El bitcoin ya no le importaba a la opinión pública que se entretenía con el dólar, con el FMI, con el aborto, y con el derrape de otro gobierno más. Pero Raúl sí seguía pensando en el bitcoin.
Cada vez que miraba la cotización, había perdido dólares. De a miles los perdía. La angustia lo paralizaba. Pero él todavía tenía consuelo: la cuenta estaba muy lejos de su piso, de los diez mil dólares con los que él había entrado a su nueva vida.
Él podía aguantar. Y aguantó.
Y el bitcoin encontró su piso y ya no siguió bajando. Y, desde ahí, volvió a establecer una sigilosa, una sostenida suba que lentamente recompensaría la lealtad de Raúl. Los principios de Raúl.
La reconstrucción llevó dos años.
Raúl no volvió a hablar del tema con su gente. Prefirió evitar ser el centro de comentarios idiotas, de consejos y presiones de ignorantes. Se guardó todo el placer de su fortuna en recomposición, sólo para él.
Sabía que algún día cada bitcoin valdría un millón. O más. Cada uno. Sabía que él podía tener cincuenta, sesenta millones de dólares. En alguna parte de su cabeza, ya los tenía. A veces se le hacía un vacío en el estómago: ¿y si los bitcoins no estaban más ahí? Entonces, se bajaba una wallet al celular, ponía las palabras misteriosas, miraba el saldo, lo multiplicaba por la cotización del momento, inspiraba hondo, y cerraba los ojos. La increíble mano cargada, todavía estaba ahí.
Raúl volvía a desinstalar todo, y regresaba la Biblia a su anaquel: que los versículos del Espíritu siguieran custodiando la contraseña de su tesoro.
Y de nuevo llegó la explosión. Y esta vez la suba no fue a veinte mil, sino a más de cincuenta mil. La gente, los periodistas, los economistas, todos habían vuelto a ser expertos en criptomonedas. Pero sólo Raúl sabía lo que era haber bajado a los infiernos, haber aguantado, y hoy ver
multiplicada su fortuna por un número cada vez mayor. Nadie sabía de bitcoin como él. Así, llegó a contar tres millones y medio de dólares. Y todavía, y cada vez que hacía la cuenta, inspiraba profundo y cerraba los ojos. Ahora —pensaba él—, ahora, estas eran cartas de un jugador veterano.
Todavía no había terminado la pandemia, y Raúl vivió esta nueva euforia en el encierro. Más por pereza y por falta de motivos para hacer algo, que por miedo al virus, lo cierto es que ni salía a la puerta. Sólo lo indispensable: apenas al chino, apenas a la farmacia. En el juzgado no lo convocaron nunca más ―ni él hizo el mínimo intento de volver―. Le siguieron pagando el sueldito. Como era población de riesgo, nadie se animaría a intimarlo a presentarse a trabajar.
Y en pocos meses ya podría pedir la jubilación.
Quién lo hubiera dicho de Raúl, eh. Jubilado y millonario. Qué más podía pedirse. Ahora sí que estaba salvado.
Que un día Raúl se contagiara el covid, que muriera solo, en su departamento y olvidado de su gente, no podría haber sorprendido a nadie. Y tampoco podría haber sorprendido a nadie que sus bitcoins —sus millones de dólares— simplemente se perdieran.
Pero morir en la miseria… eso es otra cosa.
El virus le llegó sin tos, y sin fiebre. Sólo un agotamiento, que le costó distinguir de su molicie, de la EPOC de años de fumador, y de la resaca del Criadores. No tosía, no tenía temperatura. No llamaría a la obra social.
Un día —el último—, Raúl abrió la Biblia, en la que guardaba el papel con la semilla. Era lo más cerca que podía estar de su fortuna. Hacía tiempo que no cumplía con el ritual, que no revisaba su saldo. Notó que la tinta se había pegoteado con el prólogo de San Juan. No quiso romper el papel con las palabras.
Jadeando, arrastrando los pies y apoyándose en el empapelado del pasillo, fue al baño, y dejó correr el agua caliente de la ducha. Pensó que podría despegar los papeles con vapor. Estuvo así un rato, hasta que el papel se humedeció, y la tinta empezó a correrse, mientras él mantenía el Libro abierto, con manos temblorosas.
Agitado, confundido, Raúl se mareó, aflojó los dedos, bajó los brazos, y la Biblia cayó en la bañadera. Manoteó la cortina plástica para no caer él también, pero aterrizó de rodillas junto al borde de cerámica. No sintió el golpe suave del travesaño de aluminio en la nuca, ni las gotas de la ducha que siguieron salpicándole en el hombro.
Cuando recuperó el conocimiento, y despegó la mejilla de la cortina, vio un masacote de papel mojado que obturaba la bañadera humeante. Atinó a cerrar la canilla.
—La puta madre. No, no puede ser. ―Se le cerró la garganta―. ¡N-NO P-PU-PUEDE
SER! Y la sensación de vacío: como si el estómago le desapareciera en un agujero negro. Tener adentro mismo un pozo más oscuro y más profundo que el silencio. Y fue consciente, apenas consciente de que se le iba el aire, y con el aire la vida.
Y ya no pudo levantarse. Ya no más. Para qué.