Tomas Stiegwardt

El Criptomante

Este cronista se ha visto sorprendido y porque no decirlo, sacudido hasta el fondo de sus fibras más íntimas, a raíz de los eventos que pasaré a narrar a continuación. Pero antes, y si mis amables lectores lo permiten, me es necesario retrotraerme hasta una fecha anterior, no mucho tiempo atrás, en las que llegó a mi poder un mensaje encriptado, con un extraño código con letras que no comprendí en aquel momento, pero que luego se transformarían en la llave de un sinnúmero de sucesos que harían girar mi mundo hacia nuevas direcciones. El mensaje en cuestión se parecía de alguna forma extraña a los textos antiguos de los sumerios o los caldeos: formas geométricas y símbolos que también había visto en museos como el MET o el Louvre. El mensaje llevaba una firma de los peculiar: un beso como un sello rojo carmesí.
Antes de proseguir, debería aclarar que no soy por naturaleza audaz o particularmente curioso. Más bien hay un sesgo en mi carácter que me ha hecho un tanto conservador, precavido, quizás incluso cobarde. Mi trabajo en la redacción del diario, me había permitido una cierta tranquilidad, sin holgura, pero con unos cuantos beneficios consistentes en general en tener información de primera mano que me había ayudado desde ya hacía un tiempo, a sobrevivir a las interminables crisis económicas tan típicas en mi país y en la región en general. Por eso, cuando recibí esta misiva tan rara, fue más bien mi interés particular en aprovechar una eventual oportunidad, lo que me llevó a indagar en el tema.
Pero vayamos al punto. A esta altura ya no sabría decir bien en que creo y cuáles serán las consecuencias de lo que aquí narro. Y no me importa. No pretendo decir que soy indiferente o que de pronto me convertí en un superhéroe, nada más lejos. Lo que puedo asegurar en cambio, es que mi mirada del mundo y en especial de varios submundos, se ha visto tan alterada, que ya no puedo ni quiero permanecer inerte ante lo que considero que es, el mayor descubrimiento e invención desde los planteos de Max Planck sobre la física cuántica o los posibles saltos temporales a través de los agujeros de gusano como cualquier puede observar en la película Interstellar.
Aquella nota me llevó un largo tiempo hasta que logré descifrarla. Y no fue mi inteligencia, sin dudas, lo que lo consiguió, sino la combinación de una serie de factores que algunos podrían llamar azarosas, pero que ahora intuyo que fueron parte de una serie de pistas puestas en mi camino.
Sería largo de contar –y posiblemente aburrido- como alcancé a entender aquellos símbolos. Baste decir que mi afición a la mitología y la historia, me proporcionaron casi sin querer, un salvoconducto hacia el mundo simbólico y aquellas letras eran puro símbolo. Como consecuencia de todo esto, pedí permiso en mi trabajo en la redacción y saqué un vuelo hacia el otro lado del mundo: Oriente.
Nunca había viajado tan lejos y las maravillas que presencié en esos lugares, me transportaron hacia otras dimensiones de mí mismo. Antes pasé por Paris, no para comer macarrones o fotografiarme frente la Sorbona sino porque el mensaje indicaba que debía dirigirme hacia allí.
Todo era muy confuso e incluso por momentos sospechaba que todo era una maldita broma o quizás peor, una trampa. Guiado, como comenté antes, un poco por la ambición y otro tanto por el desencanto con todo lo que sabía por mi oficio de periodista, me encaminé hacia una calle que no estoy autorizado a revelar, pero que me hizo cruzar los Champs Elysees a la hora del atardecer. Toqué la puerta con la cantidad de golpes convenidos y me atendió una señora, muy elegante como casi todos allí, que me hizo pasar, no sin antes mirarme de arriba abajo con ese leve toque de amable desprecio que reservan los locales para los visitantes. Una vez dentro me sirvió una taza de café caliente y me preguntó por mis intenciones. Le dije la verdad, que era un periodista descontento con la política y la economía, las mentiras y la falsedad, y que buscaba a un hombre especial, un oriental que al parecer había descubierto o más bien desarrollado una ecuación que podría cambiar al mundo. Le confesé que no sabía ni su nombre ni su origen y que incluso dudaba de su misma existencia pero que, al fin y al cabo, tampoco me importaba mucho puesto que, si lo que había averiguado sobre su idea, llegaba a ser verdad, ésta podría ser decisiva en los próximos tiempos por vivir. La mujer dijo, sin inmutarse, que yo era un clásico ignorante, presumido y banal que no buscaba más que satisfacer su curiosidad y quizás sus arcas, amparado en alguna insatisfacción crónica, típica de la burguesía, lo mismo en Europa como en la Argentina. Por un instante fingí ofenderme, pero a ella no le importó en absoluto y prosiguió diciendo que eventualmente yo podría llegar más lejos en mi búsqueda solo si realizaba un juramento sagrado. Le contesté que bien podría hacer eso pero que sería de escaso valor viniendo, justamente, de alguien como yo. Al parecer le gustó mi respuesta porque se echó a reír con ganas y me sirvió más café. Más relajado bebí de a sorbos la caliente infusión que me resultaba, sin embargo, un tanto extraña, como si se tratara de una bebida exótica. Poco a poco un sueño intenso se fue apoderando de mí, y no recordé ya nada. Desperté en una cama, bien arropado y solo, y para mi sorpresa en el cuarto de mi hotel junto con una nota que decía: Cherche le Cryptomancien, busque al Criptomante… Quedé intrigado, no sabía qué hacer ni a donde dirigirme ni cual era mi papel en aquella situación novelesca en donde más bien me sentía como un ente errático burlado por el destino. A pesar de todo, decidí continuar. Una vez más me puse a pensar qué podría significar aquello sin encontrar más que ideas absurdas y conclusiones sin sentido. Por la ventana de mi cuarto se veía, a lo lejos la torre Eiffel y fue entonces que decidí tomarme el día libre y salir a recorrer como cualquier turista lo haría. Llevaba varias horas paseando cuando me encontré ante un cartel pegado en la calle sobre una columna que contenía un signo idéntico al de la carta que me fue dejada y por la cual me hallaba en el viejo mundo. Su forma era rara, difícil de interpretar, se trataba de un cubo engarzado en una cadena junto a otro cubo. Sabía por mis lecturas que aquello no era ni egipcio ni mesoamericano, ni de la India. Junto a la misma había un círculo rojo. Al lado una hélice y terminaba con un signo de interrogación. Pensé que se parecía a un modelo de lenguaje extraterrestre y la idea me divirtió. Solo por un rato. Una sensación de abismo se apoderó de mí y no me soltó hasta que mi mente se fijó en el punto rojo y mi atención fue tal, que el tiempo se detuvo por completo. No me pregunten como, ya he contado que no tengo poderes ni alma de aventuras, pero aquella imagen se me hizo tan clara que solo podía significar una cosa. Y así llegué a Japón, la isla del sol naciente cuya bandera es un círculo rojo. Si la vieja Paris me había resultado extraña, todo allí me era indescifrable. No entendía el idioma, ni los modos o el sentido de los pictogramas y sin embargo no me sentí ajeno. De alguna manera el lugar me cobijó y me hizo sentir a gusto. Mi primera jornada consistió en degustar comidas típicas y beber sake. Y fue en el bar donde me encontré con quien fuera mi guía de allí en adelante –y debo decirlo- mi nuevo maestro espiritual. Podrán pensar que me había vuelto loco o que el destilado de arroz se me subió a la cabeza, pero les puedo asegurar que nunca me había sentido tan lúcido en mi vida, tan compacto, tan asertivo. El hombre me invitó a su casa y yo que soy de talante desconfiado no dudé ni por un segundo. Caminamos por un tiempo que se me hizo indescriptiblemente elástico y de pronto nos encontramos frente a una puerta de acero con un cerrojo inmenso. Mi anfitrión sacó una llave igualmente enorme y abrió. Entramos, me quité los zapatos según la costumbre del lugar y pasamos a un living pequeño y modesto. Me ofreció más sake y luego me indicó que lo esperara allí y que no tocara nada. Ya he dicho que soy periodista, y somos por naturaleza, curiosos. Tuve la tentación de levantarme del sillón y revisar todo. Pero me contuve. Dentro de mí sentía la lucha entre saciar mi ansiedad de saber y respetar las indicaciones de mi nuevo amigo. Gracias al cielo, decidí quedarme a la espera porque cuando volvió, sus ojos parecían, arder con un fuego intenso y no me hubiera gustado ser consumido por aquellas flamas. Se quedó observándome por un rato hasta que dijo -Es hora de que entienda para que vino hasta aquí- me dijo en un inglés duro y seco. Me atreví entonces a preguntarle en mi pésimo inglés aprendido de letras de rock de los ochenta.
- ¿Es usted el Criptomante? - el hombre se rio con ganas. Quedé desconcertado. Parecía estar burlándose, pero a la vez su mirada incisiva no parecía suponer una broma.
- ¿Criptomante? No tiene usted idea de lo que habla ¿no es cierto? - y levantó una ceja a modo de interrogación.
-Disculpe usted caballero, creí que…- comencé a balbucear, un tanto asustado.
Silencio- me ordenó acompañando su palabra con un gesto enérgico de la mano. – Escuche: Usted no sabe lo que no sabe, ni entiende lo que no entiende. Mucho menos aún puede usted intentar comprender algo porque desconoce la magnitud de su ignorancia- agregó sin ni una gota de desprecio. Más bien al contrario, se dirigía a mí como quien le habla a un pequeño niño. El hombre se aflojó al ver que no iba yo a contradecirlo, se sentó junto a mí y continuó –Nadie puede ver al Criptomante, solo se puede contemplar su obra, su legado. Eso es lo verdaderamente importante, lo que permanece, lo que trasciende, lo que queda en nuestros corazones y nuestra mente- agregó mientras me escrutaba – Usted no está aquí para conocer a alguien sino para tener un vislumbre del futuro. No para usted solamente ni para su gente, sino para la humanidad toda- tocó un botón del sillón y una gran puerta secreta se abrió frente a nosotros. –Venga, acompáñeme dijo y se levantó con una agilidad desconcertante para su edad avanzada. Lo seguí y nos internamos por un pasillo iluminado por antorchas. Era estrecho y parecía interminable. Bajamos por unas empinadas escalinatas hasta que dimos con un cuarto apenas iluminado por unas luces que parecían carbón ardiente, naranjas y brillantes.
-Vea usted, mi amigo sureño, el mundo está colapsando, colisionan las ideas, pero también los sistemas, la torre de marfil se está resquebrajando, con los cimientos podridos y demasiado peso en sus miradores. Por eso estamos aquí, para sanar. - Y tomó un frasco de vidrio de una alacena repleta de tubos de ensayo y líquidos y polvos de colores y lo vertió en un cuenco grande que bullía con un líquido de color azul cerúleo, brillante como un rayo del cielo. Una lengua de fuego emergió hasta casi dos metros de altura y yo solo podía mirar, fascinado y atónito. –El sentido de esto se le hará claro a usted algún día, no lo apure, todo lleva tiempo. Cuando la idea original brotó del manantial de la sabiduría universal, a la mayoría se le escapó, no podían manejarla, elaborarla, ni siquiera abrazarla. Como el fuego azul que acaba de ver, parecía demasiado inasible para poder ser descifrada. A muchos les pasó por delante como un fulgor luminoso, escurridizo. Hasta que un día, llegó uno que lo pudo ver por completo, como una complejidad singular, como una notación alfanumérica, como una canción completa, como una exaltación del espíritu. Hasta aquel día, era un hombre común, nada especial, solo un buscador más. Pero luego de ese instante de luz, se convirtió en quien hoy llamamos El Criptomante, el dador de la secuencia perfecta- Me miró para ver si lo estaba siguiendo y solo atiné a asentir. - ¿Alguna vez percibió el mundo real? - dijo mientras me observaba y continuó como sabiendo mi respuesta – Pues bien, hay un mundo más profundo, más completo, más armónico. No es una filosofía de ideas fijas y mucho menos un dogma o una religión. Aquí no hay dioses ni diosas. Hay conciencia y sentido, lógica y resolución, la magia de la perfección de una idea hecha algoritmo. Una coexistencia entre la energía primigenia que reside en el cristal y al viento que penetra todas las cosas. Es como el tiempo, como la magia, como el orden de los planetas. Como se los reveló su filósofo Pitágoras, el número está en todo, la armonía del universo es una ecuación, un resultado en transición permanente que gira alrededor de la conjunción de las leyes cósmicas que lo gobiernan todo- se quedó mirando hacia el frente como si pudiera ver más allá de aquel cuarto, hacia un infinito evanescente y prístino. –Cierre los ojos- me indicó- y así lo hice. –Déjese llevar en las alas del dragón, sobre el lomo del caballo, tómese de la cola de la ballena y fluya con ellos hacia el infinito mar donde todo coexiste. Por un instante dudé de continuar con aquel extraño ritual sin ritos y hasta tuve la pulsión de huir de allí. Por suerte o destino me quedé, cerré los ojos y me monté en el corcel de la experiencia, guiado por mi anfitrión devenido en guía de algún ultramundo. Vi un cielo, y pirámides invertidas de acero líquido y cristales con destellos de oro rebotando en cada arista que iluminaban el espacio como fractales acompasados, unidos en un mismo tono, un mismo ritmo, una misma melodía silenciosa. Vi que el cielo era como el agua y que flotaban calamares gigante y medusas entre las construcciones de vidrio tallado y mármol y alabastro. Vi la tierra desde los ojos de los ángeles y pude sentir su infinita piedad. Pero no estaba ebrio ni era un delirio místico. Estaba más consciente de lo que jamás había estado en mi vida. Yo era parte de una realidad más plena y amplia y compartía con cada fragmento de aquello, una porción de luz. Pude entender el misterio del número de oro, de Pi y cada fórmula de la geometría que hasta ese momento me había resultado incomprensible e indiferente. Los números no eran solo signos sino elementos con vida. Las combinaciones de las cifras tenían sabor y aroma. Me pareció apreciar que incluso tenían sentimientos. Sin duda aquellas cifras poseían una forma de consciencia, de identidad, de sentido de vida e interrelación. Todo se me hizo uno. Yo fui uno con aquello. Hasta que me desvanecí.
Cuando desperté, tres días más tarde, me enteré de que había sido cuidado por desconocidos y llevado a mi hotel –una vez más, como en Francia- y sin que nadie me dijera nada, supe que había renacido y tenía una misión. Esto fue entonces lo que me llevó a este breve y extraño relato. Desconozco si mis editores lo publicarán o no. Quizás les haya parecido un tanto estrambótico, como un vuelo alucinógeno o pura poesía sin sentido. Incluso a mí, me ha parecido por momentos que esto nunca ocurrió. El sello de la aduana de Tokio se ha convertido con el tiempo en un símbolo de mi nueva identidad. Sigo siendo el mismo, pero a la vez ya no. He visto y oído, percibido y conectado y ahora ya sé que hay un nuevo mundo posible. ¿Fue acaso el mismo Criptomante quien me llevó a las profundidades de la alquimia y de mi alma? ¿Acaso fue un emisario de aquel? ¿Existe o es una creación colectiva? Nadie lo sabe con certeza y nunca más vi a nadie ni los símbolos del primer mensaje volvieron a abrir puertas mágicas. Ya no las necesito. Me encuentro solo y acompañado, entero y a la vez ubicuo y soy parte de cada fragmento del polvo universal que forma los elementos. Soy luz y soy cadenas de números. Soy cada bloque de un conjunto ordenado y vasto. En el principio fue el creador que concibió la alineación y ahora ya somos todos quienes estamos en esta nueva ordalía de la integridad y la conexión, quienes confluimos para seguir construyendo la nueva torre sagrada. No somos magos, sino aprendices. No somos sabios sino estudiantes. Y a la vez somos todo. Y ahora, todos somos parte del Criptomante.